Homero Manzi.

Homero Manzi.

Estoy seguro de que en algunas  esquinas perdidas de Buenos Aires aún quedan guapos. Escondidos tal vez a la espera de una letra ,como las que escribía Manzi, que los obligue a salir.

ARRABAL

Arrabales porteños
de casitas rosadas
donde acuna los sueños
el rasguear de las guitarras.

Donde asoma la higuera
sobre las tapias,
adornando los muros
con sus fantasmas.

Sombra,
telón azul del suburbio
donde se juega el disturbio
cuando un amor se envenena
y al dolor de la traición,
se haee rencor,
rencor y pena.

Sombra,
donde los labios se juran
mientras la noche murmura
con su voz de bandoneón.

Arrabales porteños,
en tus patios abiertos
las estrellas se asoman
y te bañan de silencio.

Y la luna amarilla
siembra misterios
caminando en puntillas
sobre tus techos.

Homero Manzi.

Bestiario.

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Carnavales Vascos.

 

Después de pasarse la palma por el pantalón para limpiarse la mugre de la obra, el Vasco se despidió del arquitecto con un apretón de manos.
—Descansame bien, Vasco, que en veinte días arrancamos con la casa de Colegiales, ¿eh?
—Te veo en veinte días —sobró el Vasco, como si lo dicho por el arquitecto no fuera importante: no le gustaba un carajo que le dijeran qué hacer.
Volvió a su casa con el sueldo, más el premio por haber terminado el dúplex en tiempo y forma. Era viernes, y el barrio andaba alterado: arrancaban los carnavales.
El Vasco se duchó y se mandó al chino a dos cuadras. En la calle chillaban la joda, la música, los pedorros desfiles de murgas. Los pendejos corrían de un lado para otro con sus imbéciles bombuchas y pistolitas de agua.
Compró tres Quilmes Cristal, un pan flauta, un picado grueso y un trozo de queso de máquina. Las picadas eran su lujo, y además no veía la hora de encerrarse de nuevo en la cueva.
Ya en la cocina, cortó el queso y el salame, y rebanó el pan en rodajas grandes. Abrió la birra que notó mas fría.
Sonó el timbre.
Claudia, la colorada de la casa de al lado.
—Hola, Vasco —dijo, y cruzó el umbral sin esperar a que él la invitase—. ¿Vamos a la plaza, que se juntan a bailar y a joder un rato con lo del carnaval?
El Vasco se limpió la espuma con el dorso de la mano. Mientras la colorada se mandaba por el pasillo, no dejó de mirarle el culo. Bien nalguda, la guacha. Él sabía que la minita siempre le había tenido ganas: no podía dejar de notarlo cada vez que se la cruzaba en el barrio.
—Y bueno, vamos —dijo—. Pero después.
—¿Después? —ella sonrió—. ¿Después de qué?
—Después. Ahora llevate a la mesa del fondo un plato y un vaso, que estoy por comer.
El patio olía a las lavandas de la abuela de la colorada, que les llegaba con el viento de verano, pared de por medio. Y también olía a algo más el patio. Olía a una electricidad, un aroma animal que empezaba a juntarlos.
En el momento de abrir la tercera birra, Claudia se estiró por encima de la mesa, lo agarró del cuello y le comió la boca. De puro calentona, volcó una botella con las tetas. Pero a ninguno de los dos le importó.
—Ah, sos guapa —el Vasco la levantó del todo de la silla, tiró de un manotazo los platitos de la picada y la puso de espaldas contra la mesa. Desde arriba le arrancó la musculosa, y ya las piernas de Claudia se enroscaban en la cintura y lo atraían hacia ella.
La tomo de los hombros y la arrodillo mientras de bajaba sus pantalones. Apoyo las manos contra la mesada mientras Claudia se la chupaba.
 
Después del segundo polvo el Vasco se levanto de la cama y abrió la cerveza que había quedado pendiente.
Claudia insistió tanto que al final encararon para la plaza. Al Salir, el Vasco vio a un pibito sentado en el cordón de la vereda de enfrente. Por las dudas cerro la puerta con las dos llaves (casi nunca lo hacia).
Caminaron 7 cuadras, ella intento tomarle la mano pero el Vasco se hizo el boludo.
 
La música estaba a todo volumen, cumbia, gritos y más cervezas, muchas más… Las meneadas de Claudia lo ponían tan  loco al Vasco que no podía ni moverse cuando ella se le apoyaba…EL Vasco pensó “A esta me la llevo en un rato a casa y le doy maquina otra vez hasta que me pida por favor que pare”
 
De reojo vió pasar al pibe que le había llamado la atención en el cordón de su cuadra…Hinchado las pelotas lo encaró.
—Che boludito ¿que me estas siguiendo? Mirá que si queres joder vas a cobrar eh…
 
El pibe le dio una trompada en la boca, el Vasco cayo arrodillado, no entendía nada. Miro al chico, hizo foco en sus ojos, eran los ojos de Marisa, ERA MAURO…Otra piña, una patada, el vasco mareado (nunca logro saber si por los golpes o por la confusión de ver a su hijo después de tantos años) se arrastró tratando de agarrarse de un caballete que sostenía un tablón donde vendían choripanes.
­­—Esta paliza te la debo viejo hijo de puta, la largaste en banda a la vieja, te cagaste en ella y en mi…hace años te la quiero dar.
Tres patadas mas, el Vasco se desmayo con una ultima imagen de Mauro riendo de bebe…

Esteban Terranova.